Desde mi visión a ras de suelo clavo la vista en el intenso azul del azulejo. El frío me alivia e intento acompasar la respiración mientras cuento baldosas. Una, dos, tres… Hace algo más de un año me vino . Vomité, me subió la fiebre y me pasé el día en la cama. Excepto en la sangre, no se parecía en nada a lo que me habían contado en el patio del colegio.
En el baño de mi abuela pruebo a concentrarme recorriendo con la mirada las vetas multicolores del mármol de las paredes. Añil, rosa, blanco. Estoy esperando a que me haga efecto lo que me han dado en la farmacia. Cuando pienso que no lo voy a aguantar, rezo. Esta es la cruz que a mí me ha tocado. Al menos la regla me viene casi cada cuarenta días. Si me viniera cada cuatro semanas no creo que lo pudiera resistir.
Llevo como un mes sangrando, pero esto no duele. Me armo de valor y llamo a mi padre. Vivo con unas compañeras de piso mientras estudio la carrera y mi padre se hace las tres horas de coche desde Oviedo para acompañarme por primera vez en mi vida a la ginecóloga. “No es nada”, nos dice. Unos . “Pero lo mejor es que la niña tome anticonceptivas”. Cara de infinita desolación de mi padre.
Llevo cinco o seis años tomando la píldora. Me voy a vivir a Estados Unidos y pienso que va a ser una movida conseguir la pastilla cada mes allí. Ya ha pasado tanto tiempo que seguro que estoy curada.
Este suelo está muy sucio. Pensaba que me daba tiempo a llegar a casa, pero estoy tirada en un portal de Madrid atravesada por un dolor que me impide dar un paso. Sigo teniendo una regla muy irregular, pero me da tantos avisos que dos o tres días antes ya empiezo a tomar Enantyum para prevenir.. Luego los cólicos y los coágulos.
La ginecóloga me ha dicho que “no es nada”. Tengo unos miomas como todas las mujeres de mi edad y cuando tenga hijos se me pasará. Le pido que me recete la píldora para estar segura de que no me va a venir la regla ni antes, ni durante ni después de mi boda. En este punto, ya no me podría tener de pie en la ceremonia.
Veo un techo blanco. Son las tres de la mañana y estoy en urgencias de un hospital público-concertado de Madrid. Un dolor agudísimo me ha despertado y no he dudado que era un aborto. Después de revisarme la ginecóloga me ha dicho que “no es nada”. La miro atónita, me parece imposible. “¿No te han dicho que el embarazo duele?”
Estoy descubriendo que las mujeres no cuentan tantas cosas que pongo en la esfera de lo plausible que esta sea una de ellas. Lloro de dolor cada día echada en la cama.
Voy a revisión al mismo hospital con un médico que tiene una máquina más grande. Doppler, se llama. Me dice que uno de los miomas ha reventado y me enseña el hilo de sangre chorreando por fuera del útero. “Es como si hubieras tenido una peritonitis”.
Entre los dos embarazos y las lactancias he pasado casi cuatro años sin la regla. Pero no, no me he curado. A la lista de síntomas se ha añadido que los días previos me desquicio. En cierta forma, el tormento de la regla ha pasado a un segundo plano porque llevo varios meses coja por una lumbociática. Tengo tanto dolor que no puedo estar ni sentada ni de pie, y tomo cada ocho horas un Enantyum. Me han hecho dos resonancias y el último traumatólogo me ha dicho que no tengo nada que justifique ese dolor.
Es 24 de diciembre por la mañana y estoy en urgencias del mismo hospital de siempre. Llevo tres semanas sangrando sin encontrar cita y me he decidido a venir. Una de mis tías se murió el día de Navidad y fue muy inconveniente. La ginecóloga me dice que “no es nada”, que habré empezado con la menopausia.
Estoy con la tensión muy baja porque ya llevo mes y medio sangrando. Me van a volver a infiltrar el ciático y el anestesista me escucha contárselo a las enfermeras. Me urge a volver al ginecólogo. Por primera vez alguien sospecha que hay relación entre los diferentes dolores. Tengo 43 años.
Estoy con el doctor de la máquina grande. Me dice que tengo . Nunca he oído esa palabra (luego pero que se concentra solo en el útero). “No es nada”, me tranquiliza. “Se te ha agrandado el útero más de lo normal”. Me cita para otras pruebas y para que me quitará la regla y me curará.
Los síntomas han empeorado, pero estar en casa por el confinamiento me facilita lidiar con ellos. Me come el insomnio, tengo unas digestiones espantosas, niebla mental y cuando me viene la regla tengo tanto dolor que noto cómo me palpita el cerebro. Le pido al doctor de la máquina grande que me quite el DIU. Me dice que aguante que ya no tendré la regla nunca más. Me viene a los tres días de verle y decido cambiar.
Las redes sociales se han vuelto mi ventana a la adenomiosis y . Me informan de lo que por los canales institucionales . Que no hay tratamiento, ni un medicamento que lo solucione. Mis amigas y mi familia no lo acaban de entender. No puede doler tanto. A nadie le duele así. Estaré somatizando.
La siguiente ginecóloga privada me propone una histerectomía o inducirme la . Ya he pedido cita en la pública-pública, pero tarda un año. Busco una tercera opinión. La nueva ginecóloga por fin me saca el DIU. Me habla de fisioterapia de suelo pélvico, de estilo de vida, deporte, dieta, pero me dice que con ese nivel de dolor (sigo coja) tendré que tomar anticonceptivas.
Veo marchar el autobús que acabo de perder y durante una hora lloro sin consuelo. Tanto la gine pública como la privada han coincidido en darme . Ven estos brotes de tristeza incontrolable un efecto secundario de la píldora. Otros síntomas remiten. Pago una red alternativa de profesionales que no oferta la pública y que son imprescindibles para el manejo del dolor: fisioterapia, nutrición, entrenamiento de fuerza. Hasta un psiquiatra que me quitó los antidepresivos que no tengo claro si nunca necesité.
Siete años después del diagnóstico, el dolor ya no me define, pero está presente. No incapacita, solo limita. Ya no lo llena todo, pero aún le queda mucho para ser nada.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
