Las mujeres afectadas por los problemas de suministro de hormonas: “Esto no es un capricho, es una necesidad vital” | Vive Saludable

Las mujeres afectadas por los problemas de suministro de hormonas: “Esto no es un capricho, es una necesidad vital”

Las mujeres afectadas por los problemas de suministro de hormonas: “Esto no es un capricho, es una necesidad vital”

Una de ellas se siente una “yonqui” cada vez que va a la farmacia a pedir su tratamiento. Otra cruzó la frontera con Portugal y volvió con seis botes de un tratamiento que necesita para cuidar de sus huesos y que . Una tercera ha reunido más de 25.000 firmas desde su casa de Cuenca, , y la cuarta ayudó a montar un mapa de farmacias con existencias que, a principios del verano, solo marcaba dos. Rebeca, Silvia, Marta e Inanna tienen edades, ciudades y motivos distintos para seguir una : los síntomas de la menopausia, una osteoporosis prematura, la necesidad de volver a dormir y trabajar, una transición de género. Las une el mismo medicamento, Lenzetto, en falta desde marzo, y la misma búsqueda de alternativas que .

Sanidad promete que el suministro empezará a normalizarse en noviembre, pero el fabricante decía en marzo que no lo esperaba hasta 2027, y ahora no responde a las preguntas de este diario. Mientras tanto, unas 300.000 mujeres en tratamiento por la menopausia, a las que se suman mujeres trans y pacientes de fertilidad, dependen de que su farmacia tenga existencias de unos productos que les han sido recetados . Estas son cuatro de ellas.

Durante cuatro años, el cuerpo de Rebeca Marín le mandó mensajes que nadie supo leer. Primero el insomnio, a ratos. Luego un picor en el cuero cabelludo y el hecho de que sus champús de toda la vida, de repente, le quemaban la piel. Después, reglas irregulares y unos dolores que nunca había tenido. Su médica de cabecera le preguntó por su marido, por sus amigas, por sus hijos, y le recetó antidepresivos y ansiolíticos. “Yo sabía que no era depresión, que mi cuerpo me estaba diciendo algo”, recuerda esta administrativa de 49 años, nacida en Barcelona y que lleva 16 en Cuenca, adonde se mudó con su familia tras la crisis de 2008.

La respuesta la encontró ella sola, en libros, podcasts y vídeos de YouTube: perimenopausia. La confirmó una ginecóloga privada, a la que había acudido porque la cita en la sanidad pública para revisar un posible mioma tardaba año y medio. En marzo, con la regla ya retirada desde enero, la ginecóloga le propuso la terapia hormonal. Tenía ya todos los síntomas, dice con humor negro: “De los 200 que hay, 199”; niebla mental, picores, sofocos, “como si me metiera debajo del chorro de la ducha”, 10 o 12 kilos de más y el famoso hombro congelado. Lo habló esa noche con su marido, y a la mañana siguiente dijo que sí.

En abril empezó con el espray Lenzetto, que ya llevaba semanas oficialmente en falta, aunque nadie se lo dijo. Cuando fue a por la siguiente caja, ya no había. La sustituyó por los parches Evopad, que en pleno verano se le despegaban con el calor, la piscina y el sudor. Acabó sujetándolos con cintas adhesivas resistentes al agua. Luego empezaron a faltar también los parches. Consiguió dos cajas insistiendo en farmacias de Cuenca.

El 16 de septiembre, con más rabia que estrategia, le preguntó a un chat de inteligencia artificial qué podía hacer. Le sugirió una recogida de firmas. Abrió la petición en Change.org y una cuenta de Instagram para difundirla. En el primer fin de semana tenía mil firmas, y hoy supera las 25.000. Hoy martes las presentará en el registro del Ministerio de Sanidad. “Yo llevo trabajando desde los 18 años y tengo derecho a ir a la farmacia y encontrar mi medicamento”, dice. “Yo no me quiero poner un parche cada dos días por gusto. Me lo pongo porque necesito vivir bien, que me quedan muchos años por delante y no puedo pasar el resto de mi vida sufriendo. Esto no es un capricho, es una necesidad vital”.

Silvia García, de 55 años, nunca quiso tomar hormonas. Estaba pasando la menopausia sin tratamiento, a base de aguantar. Dormía con la ventana abierta en pleno invierno. Llegaba al despacho sin tenerse en pie, porque su trabajo de abogada exige revisar documentos con la cabeza despejada. Y cuando le contó a su médico sus cambios de humor, salió de la consulta con un ansiolítico.

El diagnóstico que le cambió la vida llegó por sorpresa, en su primera densitometría. Los niveles de su columna y su cadera no correspondían a su edad. “Tengo mujeres de 80 años con mejores marcadores que tú”, le dijo la ginecóloga que finalmente la atendió, después de que el primero se desentendiera y la mandara a reumatología. Para ella fue un mazazo: hace deporte, cuida su alimentación y nunca había tenido un problema de salud. Tras una batería de pruebas, incluidas genéticas, los especialistas concluyeron que la única causa era la caída hormonal de la menopausia. Los fármacos habituales contra la osteoporosis se reservan para mujeres de más de 65 o 70 años, así que la única opción era la terapia hormonal. Empezó hace un año y ocho meses con el espray Lenzetto, progesterona, calcio y vitamina D. Un año después, su columna había mejorado de forma notable.

Entonces se acabó el espray. “La única opción que me dan es esta, y ahora me la quitan”, cuenta. Su ginecóloga le recetó el gel Oestreaclin, que también empezaba a escasear, y le comentó que una conocida lo había encontrado en Portugal durante las vacaciones. García tenía previsto ir allí en septiembre y se llevó varias recetas. En la farmacia de un pequeño pueblo de la costa, la farmacéutica se extrañó de la receta española, pero le preguntó cuántas unidades quería. Al día siguiente tenía seis frascos, a 25,56 euros cada uno. “Aquí no tenemos este problema”, le dijo. García guarda las facturas para reclamar el gasto a la Seguridad Social, ya que la excusa dada por la farmacéutica de que tiene problemas de suministro en todos los mercados no se sostiene si de un día para otro se pueden conseguir seis en Portugal.

“Con los síntomas de la menopausia se puede vivir mal, pero se vive. Sin huesos, o con una rotura, no puedes tener una vida normal”, dice. Se define como una persona “tremendamente reservada”, sin redes sociales, pero ha decidido contar su caso porque le parece “gravísimo en un país del primer mundo”. “Por un embarazo no pasamos todas. Por la menopausia, sí. ¿Qué quieren, que vaya en una silla de ruedas cuando se me rompa algo porque no tenga el tratamiento?”, reflexiona.

Los medicamentos que faltan son los que dan vida a Inanna Panadero Guardeño (42 años). Es informática, madrileña y mujer trans que empezó con la terapia de hormonas en febrero. “Tardé un poco en conseguir la primera dosis de Lenzetto, porque tenía problemas para conseguirla en mi farmacia habitual”, explica por teléfono. Llevaba cuatro meses con el medicamento cuando su endocrino le avisó de que el espray se agotaba. “Es como si a un enfermo de corazón de repente le quitaran de todas las farmacias el medicamento que tiene que estar tomando su paciente para controlar la tensión”, subraya.

Desde entonces, Guardeño ha recorrido todo Madrid para buscar el tratamiento. “Es una de las mejores formas que hay de tomar los estrógenos”, afirma. Colaboró con otras mujeres de la capital para montar un mapa interactivo que localiza las farmacias en las que hay Lenzetto. Llamaban una tras otra y, a principios de verano, eran dos. “Además, esas dos ya lo tenían reservado”, cuenta. “No sé hasta qué punto el mapa llegó a ser útil para la gente”.

“Tanto para nosotras como para las mujeres menopáusicas, es un medicamento crónico”, recalca Guardeño. “No puedes dejar de tomarlo así a bote pronto. y más aún a las chicas trans que se hayan operado, porque ya ni siquiera tienen producción de testosterona”.

Los parches, cuenta, son poco más que eso: un parche. “También ha habido problemas de abastecimiento con los parches, aunque parece que han sido los de 25 y 50 miligramos, que normalmente no usa una persona que esté en terapia de hormonación por ser persona trans”, aclara. “Hay gente a la que los parches no le van bien porque se les desprende o les irrita demasiado la piel”, añade. “Yo tengo suerte de que no me den guerra”.

Marta Rivas, una mujer menopáusica de 52 años, se siente drogadicta. Cuando fue a su farmacia en Vigo a finales de junio a buscar el espray de estradiol Lenzetto, su tratamiento hormonal habitual, no había. Le dieron otro entonces: los parches Evopad. Cuando fue hace tres semanas a buscarlos de nuevo, tampoco había. “Salí temblando”, cuenta por teléfono. Y cuando encontró en internet algo parecido a Evopad, su médica de cabecera no se lo quería dar. “Me dijo que había cambiado de medicación tres veces en tres meses. Y yo, ¿qué culpa tengo?”, pregunta. “Me sentía como una yonqui”.

Entró en la menopausia en 2024 durante una reunión de trabajo. “Estaba yo sola con seis hombres y tuve un sofoco horrible”, relata Rivas, que se dedica al marketing. “Me tuve que marchar al cuarto de baño, desnudarme de cintura para arriba y lavarme porque me encontraba fatal”. Poco después dejó de dormir, hasta que empezó con el . “Me encontré mucho más tranquila y me volví a centrar en el trabajo”, explica.

Los problemas de suministro le han quitado esta tranquilidad. Rivas ya vuelve a vivir su peor pesadilla. “Si no consigo medicación, supongo que el cuerpo aguantará un par de semanas”, señala. “Pero van a volver los sofocos y dormir mal. Me va a impedir hacer mi trabajo, mi día a día y afectará a mi relación con mi familia”. También le preocupan las relaciones sexuales, que habían cambiado positivamente con los medicamentos. “No pretendemos ser niñas de 25 años otra vez, pero sí poder seguir disfrutando de nuestra sexualidad y de nuestra vida”, asegura.

Rivas, que publica vídeos en redes sociales sobre la menopausia en su tiempo libre, va a viajar esta semana a Portugal para comprar los tratamientos. Es el único consejo de su ginecóloga, pero puede que no sea la única mujer gallega que lo contempla. “Lo que no tengo claro es si voy a encontrarlos o no, porque al estar en la frontera no sé si habrá ido más gente”, afirma. Habla de una carrera de mujeres menopáusicas para conseguir las cajas que quedan. “Hay mujeres que están cogiendo el parche y lo están cortando en trozos para que les dure más. Hay otras que ya directamente no lo están utilizando y se encuentran mal. Me parece penoso”, lamenta.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.